
Una vez soñé que estábamos muertos. Muertos en un mundo etéreo a caballo entre el mundo de los vivos y la espantosa nada. Éramos una comuna. De gente muerta. Y lo hacíamos todo, todo, juntos. Nos entendíamos y nos apoyábamos, todos a una, como una piña, como aquellos que saben más de la vida que los propios vivos, cautivos de su ceguera. A veces, nos compadecíamos de ellos. Había que llegar a estar muerto para comprender. Para saborear la verdadera armonía. Sólo los que habíamos visto la Luz podíamos entenderlo. Y cuando alguno sentía desasosiego, lo hacía ver volviéndose a morir. Dejarse caer por un precipicio resulta fácil cuando no existe dolor… físico. Era tan solo una metáfora, una forma simbólica de pedir auxilio. Y enseguida los demás iban a cogerte de la mano, a mostrarte su cariño. El cariño más fuerte que jamás hayas sentido, el cariño de la unión; el cariño de los que se saben lo mismo. Y todo al fin volvía al equilibrio. Todo era paz. Y comunión.